“La buena intención no basta” art. de Juan Arza publicado en Expansión, 1-7-2019.

“El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”. El refrán describe bien el sentido de muchas medidas intervencionistas que los políticos impulsan con la intención de mejorar la vida de los ciudadanos, pero que acaban por perjudicarlos. En un entorno caracterizado por el cortoplacismo y la emotividad, las políticas públicas sensatas ceden el paso a un reguero de iniciativas de eficacia dudosa. Tal parece ser el caso de la norma aprobada por el Gobierno en vísperas de las elecciones generales, que obliga a las empresas a llevar un registro de la jornada laboral efectiva de sus trabajadores.
La medida pretende evitar los abusos de algunas empresas, que fuerzan a sus trabajadores a alargar su jornada laboral sin la correspondiente retribución de las horas extras. Según el Instituto Nacional de Estadística, 321.000 de los 19 millones de españoles afiliados a la Seguridad Social están en esta situación. Apenas un 1’7% de los trabajadores, concentrados básicamente en la industria manufacturera y en la educación.
Cabe recordar que nuestra legislación ya prohibía anteriormente la realización de horas extras no remuneradas, y que por tanto la única novedad que aporta la norma es la del famoso “registro”. Podemos suponer que las empresas abusadoras optarán por el cumpli-miento: rellenarán los papeles que haga falta, pero seguirán con sus malas prácticas. Para la gran mayoría de las empresas, que sí son respetuosas con los derechos de sus trabajadores, el registro sólo supondrá un engorro, un incremento de costes y una potencial fuente de conflictos.
Como consecuencia de los cambios tecnológicos y culturales, el trabajo en un mismo puesto, un mismo centro de trabajo y con un horario rígido está perdiendo peso en relación a nuevas formas de trabajo. Las empresas recurren cada vez más a una “fuerza de trabajo extendida” formada por subcontratas, freelances, directivos interinos, etc. Y fenómenos como el teletrabajo están adquiriendo una dimensión importante. Todo ello comporta un innegable riesgo de precarización. Pero no se le pueden poner puertas al campo: la única manera de evitar ese riesgo es tener empresas y trabajadores más competitivos, en sectores de más valor añadido y mejores márgenes.
La calidad de la gestión de personas en las empresas no depende tanto de leyes, reglamentos y de la Inspección de Trabajo, como de la salud del negocio y del nivel educativo de sus trabajadores. No se pueden mejorar los salarios y otras condiciones laborales por decreto, creando más burocracia, y extendiendo la desconfianza social sobre los empresarios. Más nos valdría que los políticos se ocuparan de crear un entorno favorable a la empresa y de mejorar nuestro mediocre sistema educativo.

“Primero las personas”, artículo de Juan Arza publicado en Expansión, junio de 2018.

Digitalización, robots, inteligencia artificial… son palabras que están en boca de todo el mundo. Los cursos, libros, artículos y conferencias sobre esas materias se multiplican. Parece que si quieres vender cualquier cosa, lo mejor que puedes hacer es añadirle el adjetivo “digital”. Nadie quiere quedarse atrás y perder el tren del futuro. Pero ante tanta agitación, que por momentos recuerda la burbuja “puntocom” de finales de los años 90, conviene que las empresas distingan qué es realmente importante de lo que es simplemente humo.
Seth Benzell, investigador del MIT y uno de los principales expertos mundiales en economía digital, visitó recientemente España y nos dejó algunas ideas sobre las que vale la pena reflexionar: “Hacerse con toda esa nueva tecnología no es tan sencillo como comprarla e instalarla. Antes de incorporarla dentro de las organizaciones es necesario que tanto los directivos como sus empleados estén lo debidamente cualificados y que los trabajadores puedan organizarse por sí mismos en equipos altamente efectivos y capaces de implementar esas soluciones (…) Hoy, el gran reto de estas compañías es gestionar el talento, organizar de la mejor forma las capacidades de sus profesionales y encontrar una oportunidad para implementar todo eso en un espacio digital” (El País, 11/03/2018).
Las potencialidades de la tecnología son innegables y la fascinación que ejerce muy comprensible. Pero antes de enredarse en proyectos de “transformación digital”, las empresas deberían detenerse a pensar si disponen de la organización y el talento adecuados. Y en ese sentido todavía tenemos mucho que mejorar. En muchas empresas las personas siguen teniendo la consideración de mera “mano de obra” y los estilos de dirección siguen anclados en el pasado. La reciente crisis supuso no sólo un retroceso en las condiciones objetivas de nuestros trabajadores, sino también un frenazo en la modernización de las culturas y sistemas de gestión. La precariedad no es sólo salarial, sino también gerencial.
Para lograr una posición de liderazgo en la economía del futuro necesitamos invertir en capital humano, la única ventaja competitiva sostenible. Si contamos con personas formadas y motivadas, bien dirigidas y alineadas, serán ellas quienes incorporen y asimilen las nuevas tecnologías, ¡o quienes se las inventen! Si por el contrario priorizamos las inversiones en tecnología y descuidamos la gestión de personas, estaremos dando una ligera capa de pintura sobre una pared en la que no tardarán en aparecer las humedades. No podemos sostener modelos de negocio futuristas sobre anticuadas prácticas de recursos humanos. Para entrar con buen pie en la era digital, tenemos que poner a las personas primero.

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